Opinión: Morir en la sala de espera, el abandono de la salud en Concepción del Uruguay Por: (Milton Luaces)

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Escribo estas líneas todavía con la indignación atragantada, no solo como comunicador, sino como ciudadano de una ciudad que parece quedar a la deriva cuando el calendario marca un feriado. Lo que ocurrió entre las 4:30 y las 5:00 de la mañana de esta última Navidad no fue un «error de comunicación» ni una «demora aceptable»; fue un abandono de persona sistémico que nos obliga a preguntarnos: ¿cuánto vale nuestra vida para el sistema de salud local?
Fui testigo del relato de una persona que, en plena madrugada, descompensada y con vómitos incontrolables, recorrió el laberinto de la desidia. Primero, el Hospital Urquiza. Uno entra buscando alivio y se encuentra con un frontón de burocracia y silencio. Veinte minutos de espera agónica frente a una ventanilla donde la respuesta es «pregúntele al guardia», mientras el guardia te devuelve a la ventanilla. Un peloteo infame mientras el cuerpo no da más.
Lo más grave no es solo la espera, sino el muro de silencio. Tres veces golpeó la paciente la puerta del consultorio. Nadie salió. Nadie respondió. ¿Dónde estaban los médicos de guardia? Si estaban atendiendo una emergencia real lo cual es posible y entendible, ¿por qué no hay un sistema de triaje o un segundo médico que dé la cara? El ocultamiento de los nombres de los profesionales y de los jefes de guardia por parte del personal administrativo no es otra cosa que complicidad ante la negligencia. Negar la identidad de un funcionario público de salud en ejercicio de sus funciones es, sencillamente, ilegal.
Pero el calvario no terminó ahí. El sector privado, ese que debería ser el respaldo, dio una imagen patética: la Clínica Uruguay cerrada y en Alerta nadie atendió. En una ciudad que pretende crecer, que tres instituciones de salud te cierren la puerta o te ignoren en una emergencia de madrugada es una ruleta rusa sanitaria.
Afortunadamente, la atención llegó finalmente en Vida y el paciente evolucionó bien. Pero la suerte no puede ser nuestra política sanitaria. Esta vez fueron vómitos y debilidad, pero ¿qué hubiera pasado si era un infarto? ¿Si era un niño con muerte súbita o un accidentado grave? En esos casos, los 40 minutos perdidos entre puertas cerradas y médicos mudos son la diferencia entre la vida y el cementerio.
No podemos normalizar que en Navidad la salud se tome vacaciones. La salud es un servicio esencial, continuo y obligatorio. Exigimos que las autoridades del Hospital Urquiza y los responsables de las clínicas privadas den explicaciones claras. No queremos más excusas; queremos la seguridad de que, si salimos corriendo a una guardia de madrugada, del otro lado habrá alguien con un estetoscopio y no una puerta con llave.

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