Opinión: El refugio de los privilegios: De Angeli y la metamorfosis de «luchador» a asesor de lujo

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Por: [Milton Luaces] ¿Alguna vez veremos a un político terminar su mandato, armar sus cajas y regresar dignamente a su trabajo anterior? La respuesta, al menos en el caso de Alfredo De Angeli, parece ser un rotundo «no». El hombre que saltó a la fama en las rutas de Gualeguaychú, gritando contra los atropellos del Estado y defendiendo al campo, hoy parece haber descubierto que no hay nada más cómodo que vivir de los impuestos de esos mismos productores que alguna vez representó.
Tras doce años ocupando una banca en el Senado de la Nación por Entre Ríos un ciclo que cualquier ciudadano consideraría más que cumplido, De Angeli nos regala una muestra de manual de lo que es la «casta» en su máxima expresión: si no hay votos, hay contratos.
El refugio de los 3 millones
La noticia indigna: tras quedarse fuera de las listas legislativas y sin consenso para presidir el PRO entrerriano, el ex dirigente agrario no volvió a la chacra ni a la Federación Agraria. Se quedó en Buenos Aires, «atrincherado» en los pasillos del Congreso. Fue designado como asesor del bloque PRO con la categoría A-1, la más alta del escalafón legislativo.
Traducido al bolsillo del trabajador: De Angeli seguirá cobrando un sueldo que ronda los 3 millones de pesos mensuales.
Es irónico. Aquellos que llegaron a la política criticando el gasto público y las «mañas» de las gestiones anteriores, terminan mimetizados con el mobiliario del Senado. Se pegan como garrapatas a la estructura estatal porque, al parecer, afuera hace mucho frío. Resulta que la vida privada, esa donde hay que generar recursos sin el auxilio del presupuesto público, ya no les resulta tan atractiva como los despachos alfombrados de la Ciudad de Buenos Aires.
Sin territorio, pero con sueldo
Lo de De Angeli es el síntoma de una enfermedad política recurrente. Al no haber construido una estructura territorial propia en su provincia y tras fracasar en su intento de insertarse en la gestión de Rogelio Frigerio, el Senado se convierte en su «aguantadero» de lujo.
¿Qué asesoramiento puede brindar alguien que ya cumplió dos mandatos y que, supuestamente, debía representar el aire fresco de la producción? La realidad es que no se trata de idoneidad, sino de supervivencia política.
«Sentir el lugar como propio nos ayuda a cuidarlo», decía un intendente vecino hace poco. El problema es que algunos políticos sienten que el Estado es tan propio que se olvidan de devolver las llaves.
Hoy, el «Melli» es el ejemplo vivo de lo que la sociedad ya no tolera: el dirigente que prefiere ser el empleado público mejor pago del país antes que volver a ser el vecino que alguna vez fue. La pregunta queda flotando en el aire de Entre Ríos: ¿Tendremos alguna vez representantes que sepan que la política es un servicio con fecha de vencimiento, o seguiremos manteniendo a estos «eternos» asesores que no sueltan la teta ni aunque les quiten los votos?

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