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Confieso que historias como la que hoy me toca comentar me renuevan la fe en nuestra comunidad y, sobre todo, en el poder transformador de la educación técnica. En un mundo a menudo dominado por el individualismo, la iniciativa de los alumnos y docentes de la Escuela de Educación Técnica (EET) Nº 3 «Dr. Miguel Ángel Marsiglia» de Concepción del Uruguay es un faro de esperanza y un recordatorio potente de lo que significa la verdadera inclusión social.
El gesto es simple en su descripción, pero gigante en su impacto: adaptar y motorizar una silla de ruedas manual para Luis, un usuario del Instituto Igualar de Urdinarrain. Lo que la obra social entregó como un dispositivo básico, el ingenio y la solidaridad de estos futuros Técnicos en Automotores lo convirtieron en una herramienta de autonomía y libertad.
Desde mi perspectiva, el valor de este proyecto trasciende largamente las aulas y los talleres. El profesor Jorge Isgleas lo resumió perfectamente: es un «orgullo poder ver cómo lo enseñado… se pone en práctica beneficiando especialmente a una persona con una discapacidad». Y ahí radica, a mi juicio, la esencia de la formación integral. No se trata solo de aprender a ajustar tuercas o entender de sistemas eléctricos; se trata de aprender a mirar al otro, a identificar una necesidad y a poner el conocimiento al servicio de una solución tangible y humanitaria.
Estos jóvenes, a punto de egresar, no solo se llevan un título, sino la experiencia invaluable de haber mejorado la calidad de vida de alguien. Esa es, quizá, la lección más importante de todas. La articulación entre la escuela y organizaciones comunitarias como el Instituto Igualar (un centro que funciona bajo la órbita de una asociación civil sin fines de lucro) demuestra un modelo de colaboración que debería replicarse en toda la provincia y el país. Es la sinergia perfecta entre la academia y las necesidades reales de nuestro entorno.
Mientras la EET Nº 3 se prepara para mudarse a su nuevo edificio, con la promesa de incorporar nuevas ofertas educativas como Técnico en Programación, me quedo pensando en el legado que están construyendo. Un legado de empatía, innovación con propósito y compromiso social. Historias como estas nos obligan a reflexionar sobre el tipo de sociedad que queremos ser. Y hoy, gracias a estos estudiantes y docentes, siento un profundo orgullo de ser parte de esta comunidad uruguayense que avanza hacia una mayor accesibilidad e igualdad de oportunidades.
Por [Milton Luaces ]
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