El Supremo entre el bronce de los actos y el olvido de las calles

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Por.(Milton Luaces)
Asistí, como un vecino más, al emotivo homenaje por el 240º aniversario del nacimiento de Francisco Ramírez. Escuché con atención los discursos sobre su visión pionera de la educación pública y gratuita, y me conmoví al ver el desfile de los chicos de nuestros jardines y escuelas municipales. Todo impecable, políticamente correcto y lleno de aplausos. Pero al terminar el acto, mientras caminaba de regreso, la realidad me golpeó de frente con una contradicción que duele: la hipocresía del protocolo.
Es indignante ver cómo nos llenamos la boca hablando del «Supremo Entrerriano» frente a la pirámide de la plaza principal, mientras a pocas cuadras, el monumento que realmente marca el pulso de nuestra historia federal se cae a pedazos. Me refiero a la Plazoleta del Federalismo, en la intersección de 9 de Julio y Boulevard Montoneras.
Allí, donde el monumento ecuestre de Ramírez debería imponer respeto, lo que reina es el abandono. Pasen y vean: cartelería rota que ya ni se lee, luces que no funcionan y una desidia que asusta. Es un punto estratégico de Concepción del Uruguay; es el lugar donde el turismo frena obligatoriamente por el semáforo. ¿Qué imagen se llevan de nosotros? Cuando el visitante voltea la vista, no encuentra la gloria del caudillo, sino una plaza abandonada a su suerte.
Parece que para las fotos oficiales y el desfile de autoridades, el legado de Ramírez está más vivo que nunca. Pero el verdadero homenaje no es solo recordar que en 1820 él quería ciudadanos formados; el homenaje es cuidar el patrimonio que nos queda.
¿De qué sirven los actos protocolares si después no podemos mantener una bombilla encendida o un cartel sano en el lugar que lo conmemora? Para los discursos están todos en primera fila, pero para el mantenimiento diario, parece que el «Supremo» no les importa tanto. La educación que él pregonaba también empieza por el ejemplo: el respeto por lo público y por nuestra propia historia urbana.
Menos bronce de ocasión y más gestión en las calles. Porque hoy, entre el brillo del acto y la oscuridad de la plazoleta, la distancia es ética.

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