Las historias de vida de los tres chicos que nacieron para ser Billy Elliot y lo lograron

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Un candado, una peluca y una foto: tres objetos personales elegidos por Mateo Tognolotti (14), Joaquín Mondino Formichelli (12) y Franco Molosaj (15), protagonistas del musical “Billy Elliot”, que se presenta por primera vez en Argentina, en el teatro Ópera. Estos símbolos, fieles a la historia original, representan el amor, la pasión y la amistad que los une, incluso cuando recrean el icónico salto de “Billy” para la foto.

Las historias de vida de los tres chicos que nacieron para ser Billy Elliot y lo lograron

Seleccionados entre 1.500 postulantes en un casting organizado por la Fundación Julio Bocca y centros de formación de ballet de todo el país, estos jóvenes dividen su tiempo entre el teatro y la escuela. Joaquín es de Santa Fe y se mudó a Buenos Aires; mientras que Mateo, de Magdalena, y Franco, de Lanús, viajan casi tres horas diarias desde hace un año para seguir su vocación en el escenario.

Aunque sus vidas no se parecen a la de Billy Elliot —no son hijos de mineros ni sufrieron discriminación por bailar en lugar de practicar deportes como el boxeo, y mucho menos vivieron en 1984 durante la huelga que afectó a la industria del carbón en el gobierno de Margaret Thatcher—, se identifican con el mensaje del niño de 11 años que venció prejuicios y cumplió su sueño.

En una tarde de ensayo general en el teatro Ópera, las luces iluminan a Mateo, el único con experiencia teatral previa en obras como Matilda, School of Rock y Navidad en las películas, mientras Joaquín y Franco, en su debut, observan fascinados desde la platea.

Respecto a sus familias y el vínculo con el mundo del espectáculo, Joaquín explica: “Mi mamá, Clara, emprendedora y profesora universitaria, actúa muy bien; siempre hacíamos mini obras en casa o jugábamos a ser personajes de películas. Mi papá, Gonzalo, profesor universitario y vicedirector de escuela, toca la guitarra. Mi hermano Manu, de 10 años y también parte del elenco como ‘Niño pequeño’, toca guitarra y batería. Somos una familia con mucho arte, entre música, actuación y baile, y a diferencia de Billy, siempre me apoyaron”.

Franco comenta: “Soy el primero en la familia que se dedica a lo artístico. Mi mamá trabaja en un salón de eventos y mi papá está jubilado. De mis hermanos, sólo Sabrina hizo danza. Desde el primer día me apoyan, notaron que realmente era lo que quería”.

Mateo señala: “En mi casa hay un salón de baile donde mi mamá da clases de danza española y mi tía, de danza clásica. Crecí entre esa tradición, mis hermanos también bailaron: Lourdes hizo clásico y es profesora de danza española, pero yo soy el único que siguió de manera profesional. Mi papá trabaja en la fábrica de Nestlé en Magdalena”.

Los tres comenzaron a formarse desde muy pequeños. Mateo recuerda: “Creo que desde que empecé a caminar. Me decían que cuando iba a casa de amigos de mi mamá me ponía en el balcón a cantar o inventar canciones. Un día me consultaron si quería estudiar comedia musical y acepté; empecé con baile y canto”.

Joaquín cuenta que comenzó a los seis años con danza clásica, luego se inclinó más por la danza contemporánea y finalmente por la actuación. “Cuando salió la audición para ‘Billy’ todo cambió para mí, me impulsó a formarme en tap y acrobacia”.

Franco indica que empezó a los cuatro años, ya que no le gustaban los deportes y prefirió la comedia musical y la danza contemporánea. Más tarde comenzó el clásico, que hoy es su especialidad, y se incorporó a la academia de Gimena Novillo.

El primer año de danza permitió a Franco participar en competencias; en 2019 estuvo en “Pequeños gigantes”, el segmento de talentos infantiles del programa de Susana Giménez, llegó a la final y ganó una PlayStation 4. “En el jurado estaba Tini; era fanático de ella por Violeta y el primer día no me contuve y le pedí un abrazo”, recuerda.

Los tres muestran admiración por la película Billy Elliot. Mateo afirma: “La vimos muchas veces; en especial me quedó grabada la escena en la que Billy, aunque no entiende nada en la clase de ballet, le dice a la maestra: ‘Estoy dispuesto a aprender, a esforzarme, a venir todos los días’. Me gusta que nunca se rinda”.

Joaquín añade: “La vi por primera vez a los seis años con mi tía y la volví a ver muchas veces solo o con mi mamá. Me gusta que Billy siempre fue muy expresivo y que, a pesar de un ambiente duro, luchó sin quedarse quieto”.

Franco también rememora la película: “La vi a los cuatro años, y cuando supe que buscaban chicos para el musical, me motivé a audicionar. Lo que más me gusta es el mensaje, muy fuerte para esa edad. Me conmueve la escena final, cuando Billy ya adulto actúa en un teatro de Londres, con su familia y amigo mirándolo”.

Sobre el icónico salto final, coinciden: “Sí, esa escena inspiró a practicarlo en casa”.

Respecto a posibles discriminaciones por bailar, Mateo asegura que nunca le sucedió y señala que sus compañeros, aficionados al fútbol, relacionaban su actuación con ese deporte. “Muchos no sabían bien qué es la comedia musical, pero ahora están muy impresionados y planean venir a verme en el teatro”.

Franco también cuenta que sus compañeros lo apoyan y se sienten orgullosos, valorando la lucha por cumplir sueños

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