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Por (Milton Luaces )
«Cuando se descubrió que el periodismo era un negocio, la verdad dejó de ser importante.»
Ryszard Kapuscinski
En los últimos días, el debate sobre si la cultura es un «gasto» o una «inversión» ha vuelto a copar la agenda. Se nos intenta convencer, con discursos edulcorados, de que cada peso destinado a espectáculos es una «decisión estratégica» que dinamiza la economía y construye identidad. Pero seamos sinceros y hablemos de lo que pasa acá, en nuestra ciudad. La discusión no es contable, es ética. No se trata de cuánto se gasta, sino de cómo se gasta, en qué se gasta y quiénes son los que siempre terminan cobrando.
Me cansa escuchar que estos eventos «activan el turismo». Salgamos a la calle y veamos la realidad: la gran mayoría de los asistentes viene, mira el show y se vuelve a su casa. El famoso «pernocte» es una ilusión para las estadísticas oficiales; el consumo real en nuestros hoteles y comercios locales es mínimo comparado con los millones que se escurren de las arcas municipales.
El club de los cinco o seis
Nos hablan de «generación de empleo directo e indirecto», pero cuando rascamos un poco la superficie, el empleo parece tener nombre y apellido. Siempre son los mismos cinco o seis conocidos de los funcionarios de turno. Amigos, retornos y contrataciones a dedo. Esa es la verdadera «industria creativa» que se fomenta: la de los favoritos del Ejecutivo municipal. Mientras los artistas locales reman contra la corriente para conseguir un espacio, las billeteras de los contribuyentes se abren de par en par para pagar cifras astronómicas a figuras nacionales que, apenas terminan su show, se llevan el dinero lejos de nuestra ciudad. ¿Dónde está el «efecto multiplicador» si la plata no circula acá?
¿Cultura o cartelera oficialista?
Dicen que la cultura construye identidad y memoria. Coincido. Pero lo que estamos viendo no es cultura, es una cartelera de entretenimiento diseñada para el aplauso fácil y la foto política. Una verdadera inversión estratégica requeriría:
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Transparencia real en la gestión (que hoy es una deuda pendiente).
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Acceso equitativo, no solo para los que están en la agenda de contactos del secretario de turno.
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Planificación que potencie a nuestros artesanos y músicos locales durante todo el año, no solo en un festival relámpago.
Invertir en cultura no es «romantizar» el sector ni firmar cheques en blanco para que unos pocos hagan su agosto en pleno verano. Una sociedad que deja de invertir en su identidad se empobrece, es cierto. Pero una sociedad que permite que se malgasten sus impuestos en el «arreglo» y la dedocracia, no solo se empobrece: se deja estafar.
La verdad estructural
No se trata de estar en contra de los festivales. Se trata de estar en contra de la estigmatización de quienes cuestionamos estos gastos. No somos «enemigos de la cultura» por pedir rendición de cuentas. Al contrario, defendemos la cultura cuando exigimos que no sea el botín de guerra de unos pocos funcionarios y sus amigos.
Si queremos un proyecto de ciudad en serio, la cultura debe ser una política de Estado transparente y no un negocio de cercanía. El resto es pura narrativa para ocultar que, mientras nos hablan de «poder blando» y «cohesión social», la plata de todos sigue alimentando el mismo circuito cerrado de siempre.
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